domingo, 10 de octubre de 2010

AUTORRETRATO

Estoy desnudo en el centro del colchón. Cada muñeca y cada tobillo está atado a una de las cuatro patas de la cama. Siento que en cualquier momento alguien va a azotar a alguna de ellas y que todas saldrán corriendo al mismo tiempo en direcciones opuestas. La Bestia me acaricia el pecho con la yema del dedo anular, peinando a su paso el escaso bello que adorna mi torso y los lindes de mis pezones, en dónde nacen como hierbajos en la arena doce o trece pelos a lo sumo y entre los dos. Se detiene en el ombligo e introduce el dedo hasta su base, lo mueve en forma de U y ríe, y yo hago una mueca horrible. Él es tan grande y yo tan pequeño… apenas dibujo en el corazón de la cama una diminuta estrella pálida, un helipuerto de juguete. La Bestia me agarra de los rizos y me lame mi espesa barba rojiza. Su olor es repugnante. Con la otra mano alcanza mi muslo izquierdo, justamente donde está la mancha de nacimiento en forma de tumor, y lo empuja hacia delante. Grito: la cuerda quema mis tobillos y tengo miedo. Ahora pasa la lengua por mi nariz, descendiendo en línea recta, y topa con el pico derecho de la corona que forman mis labios en su parte superior y que suele estar cubierto de mugre en el pelaje. Me besa ferozmente, como si quisiera sorber mi lengua y degusta el sarro de mis dientes con dulzura. Luego vuelve a empujar del muslo y yo grito de nuevo y aleja su rostro y me mira a los ojos y veo los mismos en los suyos: el gran iris que ansía florecer en la sombra pero que apenas alcanza un color oliva al sol: Mi tedioso iris marrón. La Bestia sube su mano izquierda hasta mi cintura, parece que pueda rodearla entera con el índice y el pulgar. Se sienta sobre mi pelvis y pone las manos sobre mis brazos, mínimos apéndices de las sogas que los mantienen tirantes. En los antebrazos mis venas emergen como sierras bajo una marea que se rebaja y los dedos, que buscan las paredes del cuarto, son los corchos de diez botellas de vino. Entonces agarra su pene y me lo introduce, y aquello tan nimio, que no es más que un clítoris abrigado con pieles fruncidas, siente como la Bestia lo enviste, y dejo de respirar y me desvivo por no emitir un pequeño gemido, un signo de placer.

2 comentarios:

  1. Mmmh.. sí, creo que te han violado.
    Te sigo!

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  2. No sOy anónimo del todo, soy Vila-Matas, te felicito. Me gusta la parábola del globo y el caballo.
    Un abrazo

    E V-M

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